República y desarrollo
Daniel Gustavo Montamat
(de Carta Política) (Para Clavedata.com)
El futuro argentino vuelve a jugarse en los próximos meses.
Una combinación de inflación creciente, cuellos de botella en la infraestructura, y deterioro paulatino de la confianza pública, empieza a minar las bases de la bonanza económica presente y a prefigurar otro fin de fiesta.
¿Reaccionará la sociedad, de una vez por todas, canalizando energías en un proyecto país; o le tocará el turno a un nuevo populismo que se presente como alternativo al actual?
Las crisis recurrentes de la economía argentina han producido deterioros sistemáticos de nuestros indicadores económicos, sociales, educativos y culturales.
Hasta 1930 en lo económico nos comparábamos con Australia y Canadá.
Hasta 1960 nos comparábamos con Italia, y durante los 70 todavía exhibíamos algunas ventajas respecto a España. Hoy estamos perdiendo posiciones relativas en Latinoamérica
La comparación relativa a través del tiempo nos muestra que hace varias décadas que nos venimos “desdesarrollando” sin encontrar un punto de inflexión que revierta la tendencia y el destino de fracaso.
No es casual que el desdesarrollo haya estado consustanciado con las repetidas crisis institucionales y con la debilidad republicana de la democracia recuperada.
Los optimistas creen que estamos aprendiendo de las crisis pasadas y que, como sociedad, ya conocemos los límites de las opciones políticas no democráticas, y de los programas económicos que conducen a la hiperinflación y al hiperdesempleo.
Con el tiempo, se ilusionan, el aprendizaje por prueba y error precipitará los consensos básicos necesarios para articular un proyecto de país que nos catapulte a la fortaleza institucional y al desarrollo económico y social. Otros, más realistas, desconfían de la inveterada tradición populista que prevalece en la reacción de los argentinos frente a las crisis.
El populismo tiene su razón de ser, como lo explica Ernesto Laclau en su ensayo “La razón populista” (Fondo de Cultura Económica).
A partir de la sumatoria de demandas sociales insatisfechas, el populismo divide a la sociedad y convierte a la mayoría en un todo aglutinante que se apropia del concepto “pueblo”.
El líder, que representa al pueblo y que evita la intermediación propia de los mecanismos institucionales para articular su relación con el grupo, promete soluciones inmediatas a problemas causados por un “enemigo” interno (el “antipueblo”) que representa intereses de un “enemigo” externo (el “neoliberalismo” o el “marxismo”, según la impronta ideológica).
El enemigo también sirve para excusar los incumplimientos, las demoras y los fracasos de las soluciones prometidas.
La lógica populista es cortoplacista, pero su efecto sedante sobre una sociedad en crisis la vuelve cautivante y, según la ocasión, útil para evitar males mayores. Sobretodo cuando un círculo vicioso de fracasos y frustraciones pasadas, retroalimenta el descrédito y la desconfianza en los mecanismos institucionales de intermediación.
Pero el populismo, por su lógica intrínseca, es incapaz de generar desarrollo y garantizar controles y contrapesos al gobierno de turno.
Refractario a las políticas de largo plazo y a la democracia republicana, requiere el liderazgo de caudillos que personalizan la causa del pueblo, y de cuya habilidad depende mucho la duración del interregno entre el momento de la ilusión y el momento del desencanto.
En un proyecto de desarrollo, en cambio, las demandas sociales insatisfechas son priorizadas en función de las restricciones de corto plazo, y las soluciones posibles se plantean a partir de un núcleo de coincidencias básicas, donde los intereses de corto plazo ceden prioridad a los objetivos de cohesión social, de crecimiento sostenido y de fortaleza institucional.
El proyecto de desarrollo requiere el liderazgo de estadistas que, al tener en cuenta el largo plazo, despersonalizan el proceso político.
En democracia, el desarrollo promueve la alternancia política y la consolidación de una estrategia futura cimentada en el núcleo de políticas de estado.
Ni estamos condenados al éxito ni podemos resignarnos al fracaso.
El alerta temprano de otra crisis en potencia obliga -a la dirigencia toda- a prevenir una nueva frustración.
Es tiempo de superar la opción populista.
La alternativa es República y Desarrollo.



